Archivo de la categoría ‘Cuentos’

Para ti

Es un viejo cuento-moraleja, que reescribo según lo recuerdo. Sé que no es la versión original, pero espero la moraleja final sea útil de igual manera.

En un antiguo paraje oriental, existía un monasterio habitado por una estricta orden ortodoxa.

Dentro de sus tradiciones, los monjes que sólo veían la luz del sol un día al año en su peregrinaje cíclico, seguían el mandamiento férreo de no dejarse tentar por la carne humana, para nunca pecar por falta de castidad. Las reglas no escritas, pero siempre vistas y seguidas: jamás ver a una mujer a los ojos, nunca hablarles, impensable siquiera rozar sus ropas; ¡infierno para quien las tocase!

Así pues, venían todos de vuelta, caminando en fila, con la mirada hacia el suelo y el capuchón montado, pero la dificultad del paraje, provocó que se retrasara uno de los maestros con su aprendiz, que quedaron algo rezagados del grupo que marchaba al enclaustro del año nuevo.

Estos dos últimos, llegaron tarde al cruce de un río que hicieron los demás en una barcaza, viéndose obligados a levantarse las ropas y atravesar a pie y a contracorriente.

De pronto, cuando comenzaban a adentrarse en el agua, se acercó a ellos una mujer llorando, muy bella por cierto, que provocó que ambos en reflejo, echaran la mirada al suelo.

– Ayúdenme por favor – suplicó ella. -Es demasiado tarde y no he alcanzado a la barcaza. Necesito cruzar el río pues mi madre está en su lecho de muerte y me temo que si no llego hoy en la noche a su lado… temo que me lleve la corriente.

El joven aprendiz, recordando bien sus mandamientos, hizo caso omiso de la plegaria y adelantó unos pasos, hasta que se percató que su maestro no venía a su lado. Al volver la mirada, observó que aquel a quien tanto admiraba, había violado su código y cargaba en hombros al ente del pecado.

Atrás quedó el río, el maestro bajó a la mujer y continuaron a marchas forzadas pues era peligroso que la noche los atrapara a medio camino. El maestro, en silencio avanzaba y el aprendiz, en silencio maldecía a aquel que había cargado a la mujer. ¿Lo denunciaré? Es mi obligación ver que nadie de la orden peque… Pero es mi maestro. ¿Cómo puedo hacerle esto? ¿Cómo a sabiendas de todo, la vio a los ojos, la escuchó, la cargó y la tocó? ¿Cómo lo hizo viendo además lo hermosa que ella era?

– Hemos llegado – dijo el maestro cuando después de un par de horas, se asomó en el horizonte el monasterio ya iluminado por antorchas.

Maestro- le dijo el otro- antes de que lleguemos al lado de nuestros hermanos, en el silencio y confidencialidad que nos otorga la distancia, le hago saber mi enojo por el pecado cometido.

– ¿A que te refieres? – preguntó el maestro sorprendido. – A que ha tocado a una mujer, cuando la llevó en sus hombros a cruzar el río, hace 20 leguas… debe saber que no he podido dejar de pensar en ello las últimas tres horas de andar, pues pensaba denunciarle, pero al tratarse de usted, ahora mejor se lo menciono. – Querido – le respondió cariñosamente su mentor – que esto te sirva de lección: hemos pecado ambos, pero cuando yo lo hice, un fin correcto y piadoso se cumplió y no lo mismo ha sucedido contigo. – ¿Yo? – preguntó anonadado – Sí. Yo he tocado a una mujer, que dejé 20 leguas atrás, en cambio tú no has podido sacarla de tu mente las últimas tres horas… ¿porqué no la dejaste como yo, a la orilla del río?

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Realidad Novelada de Narciso Guisote III o el curioso e irónico cuento del origen de la Tambora

Tambora de Siglo XIX

Relatan los textos antiguos, las crónicas de origen, la historia de libros viejos, fuentes documentales serias y no tanto, diarios mal escritos, notas inconclusas y tantas otras leyendas, que en algún momento del siglo 18 inició en el Honorable Estado de Sinaloa, un movimiento musical sin comparación, original, sin antecedentes claros y de gran éxito comercial y popular llamado “La Tambora”, cuyo origen real es desconocido; hasta ahora.

Así es, amigos, damas, caballeros y todos los de sexo definido pero preferencias indistintas, este, es el momento que todos esperaban y que nadie reclamaba; Yo, Narciso Guisote, caballero de la Real Ordenanza de la Historia No Oficial (ROHNO por sus siglas) a la que pertenecemos los mas prestigiados y arraigados académicos del contra-régimen, contaré en este medio y de forma por demás exclusivísima, cual es la verdadera historia del arranque de esta música.

Corría el sacromemorable año de 1894, cuando en buque de enorme talante, llegaron a la ciudad puerto de Veracruz, un otrora grupo de músicos alemanes, provenientes de bávara región, que en interminable gira mundial contratados por todo aquel amante del germanismo, llevaban años lejos de casa y en recóndito desvío de suerte, fueron a última instancia, convenidos por el gobierno del entonces dictador José de la Cruz Porfirio Díaz Mori (¿me escuchaste, Barbarita de mi vida y de mi’amor-chocorrol-acanela’o?).

En fin, auspiciados por el gobierno, las amantes mexicanas, el trato calido de la alta sociedad nacional y la comida aborigen que conquista hasta al más delicado estómago bárbaro, estuvo este grupúsculo de músicos más tiempo del que debieran en nuestra patria, haciendo presentaciones harto socorridas y bien pagadas en toda la capital y centro de la república, al grado en que compadres de varios se tornaron, y “tios” de muchos que reconocieron a regañadientes.

Fue de esta forma, en que de sorpresa les tomó el empiece de la revolución mexicana, y debatieron cuantioso tiempo la fecha de su partida y el retorno a sus oficiales familias, pero como siempre se dice que nada pasa apegándose uno a los que están en el poder, prefirieron quedarse un tiempo para ahorrar otro poco y poder comprar una casa de veraneo en las islas griegas. Y vengase tu reino que se fue Don Porfirio y estos quedaron desamparados, así que queriendo salir por el norte porque el puerto estaba tomado, fueron a dar sin querer y sin pensarlo, a la distintiva ciudad de Mazatlán de Pata Salada, mundo ajeno y exótico, sexual y convulsivo donde se vieron obligados a instalarse no más de quince días para poder tomar un buque con destino a Hawai que los llevaría a mejores destinos.

Considerábanse ellos de holganzas, asistiendo a playas vírgenes, comiendo aguachile y chilorio con manteca, agazajados todos por los habitantes de la región, pero el problema de la cama flaca nunca falta, pues de allá las mujeres tienen mucho culo y poca chiche, y el líder de la banda, un galgo alto de apellido Hank, no respetó el respeto que se merece un anfitrión, he hizo las mieles del amor con una señora casada y con casa, llamada Euforina, que fue descubierta en el acto gozoso, por su señor esposo ante la Ley, la sociedad, y el mismo Jesús Cristo, Don Cuco Godinez de Virgen y Tirado, de oficio agricultor, ganadero y minero, de creencias evangélicas, de moral intachable y de obligación decorosa, representante de la junta revolucionaria en la región.

Si, es cierto, su regimiento no constaba de mas de 14 machos, guarachudos todos, imberbes con bigote de cancha de fútbol que no hablaban español en la mayoría, cazadores del monte con arco y flecha de madera y punta de piedra, con calzón de manta, pantalón igual, pero tropa al fin y al cabo obediente, leal, muerta de hambre pero honrada y sedienta de revolución.

Pasó pues Don Cuco la deshonra en silencio, a nadien le comentó, solo a la mujer reprendió y como había sido la vez primera, la perdonó como quien perdona a un perro que intenta morder al amo, pero luego luego planeo su venganza contra el infeliz que había hecho gozar a la mujer como el nunca había podido por miedo a las habladas y al capricho de Dios: una noche antes de la partida, metió a su gente al cuarto que compartían los güeros altos, y a punta de machete les robó todas sus pertencias y los condujo hasta el muelle donde entre amenazas y empellones, los tiró al agua hasta que horas mas tarde llegó el barco en el que partirían, mismo que dejó que abordaran siempre y cuando no pusieran pie en tierra firme.

No se dio cuenta Don Cuco del descontento que aquello provocaría entre la población y sus vecinos, sino hasta que regresó al centro del pueblo donde en el merendero esperaban varias familias al grupo de músicos que con sus instrumentos de viento, acompañarían sus sagrados alimentos. ¿Qué les hizo don Cuco? ¿’Onde andan? ¿Fueron sus tropas? ¿Cómo va uste’ a pasar a creer? ¡Venga ya! – grito Don Cuco a la multitud. ¡Todos callados! Y como no quería la gente se enterara de la deshonra de la que había sido objeto, bajo juramento de silencio de sus hombres y si lo rompen me los chingo y a sus hijas me las cojo, le dijo al pueblo que los Alemanes habían tenido que partir por urgencia de salud y que antes de salir, los habían entrenado a él y a su “ejército” en las artes de la música “‘ropea”.

¡Artemio!, ¡Sinforoso!, ¡Cienfuegos!, ¡Cronicon!, ¡Cicatriz!, ¡Osuna y Osuna Quelite! ¡Godinez!, ¡Cecilio!, ¡Pirato!, ¡Cipriano, MalaCara, y Fortunato!– les gritó a todos y cada uno de ellos, que “pres’ntes” respondieron sorprendidos y aún cargando su botín de guerra entre las manos, “¡a tocar cabrones, que el pueblo quiere música!”.

Unos a otros se miraron incrédulos, no sabiendo bien a bien que hacer, hasta que Fortunato mencionó entre dientes y con voz bajita, nervioso ante la atenta mirada del público, “’efe, no podemos porque me sobra un estrumento”. Tranquilo pues, que pa’ eso está la Euforina, y le lanzó tal mirada de reproche que aquella atinó a ponerse de pie, tomó la tarola y comenzó a tocar, rezando en silencio y con un miedo profundo que solo conoce la mujer que ha probado de otra colmena, y los demás al ver que el jefe empuñaba su arma, le siguieron en ese arrebato arrítmico ruidoso, asincrónico, energético y estruendoso, que el pueblo por temor, o por peor es nada, identificó como su nuevo sello musical arguendero y estrambótico, no obstante que todos sabían sus “nuevos músicos” no sabían tocar por nota.

Es esa pues, damas, nenas, caballeros y pescados, la verdadera historia de la Tambora, ruideral norteño que dícese tiene aun en día en sus mejores representantes a los interpretes líricos o de oídas y que dentro de su esencia le imponen ritmo, melodía, sentimiento, vida y energía a esa música que hoy en día todos los que nos jactemos de ser mexicanos, amamos y defendemos con orgullo, pues es el pulso de un pueblo y el instrumento que nos acerca como nación, además de que en su alegría y algarabía, hemos encontrado receta que mitiga nuestras penas y hace más placenteros nuestros momentos felices. ¡He dicho, yo Narciso Guisote y ustedes están de testigos! Y lo digo de nuevo que ya me voy: ¡He dicho!

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Cuento para leer de noche



picture by tanakawho

O la Realidad No-Velada de los casimuertos


No mucha gente lo sabe, pero en todo nosocomio de regular tamaño del sector salud, existe una zona que se denomina en el vulgo hospitalario,como el Pabellón de la Muerte. Tal tenebroso es su nombre, que fosca es su finalidad también: ese es el sitio donde se coloca a los enfermos terminales, traumatizados desahuciados, quemados y amputados irreparables y en breves notas, toda aquella persona que médica y científicamente, no tiene oportunidad alguna de sobrevivir.

Es la necesidad lo que los creó y lo que los mantiene en secreto. Porque llegarán otros pacientitos que sí podrán recuperarse y para ellos se destinarán las existencias: cubículos de urgencias, cama en piso, quirófanos, agua, luz, medicamentos, materiales de curación y un sinfín de insumos, incluyendo horas/hombre de médicos, enfermeras y personal de limpieza. Nada moral, simple ley mortal del mercado: los recursos son siempre limitados.

Los cuerpos aún con vida, a veces sin brazos ni piernas, a veces sin media cabeza, o con tumores tan grandes que se mueven por si solos y sobresalen a la piel, siempre inconcientes, son trasladados a este lugar de filtro entre un mundo y el otro, mientras a sus parientes se les comunica que están en terapia intensiva sin posibilidad ni permiso de visita.

Ya sea en el sótano, o en un galerón en apariencia abandonado, sin luz, ni monitores, ni personal y sin siquiera una sonda o un suero de glucosa, los casimuertos llegan al Pabellón de la Muerte y son acomodados donde haya lugar, a veces en camillas destartaladas, otras tantas, en petates sobre el suelo vil y frío, o sobre algunas sábanas que toca lavar al siguiente turno matutino, pues han de saber que es durante la noche donde la gran mayoría se extingue.



Aunque no lo crean o lo pregunten a cercanos que trabajen en estos hospitales y ellos mismos nos nieguen, los Carontes existimos en las profundidades de cada hospital de cada ciudad que tenga servicios médicos públicos de mediano tamaño. Nadie habla de nosotros porque es un trabajo maldito que alguien tiene que hacer mientras los demás prefieren no pensar en ello… Con sigilo, vistiendo ropajes azul obscuros, zapatos de goma y con tapabocas (para no ser reconocidos ni en este mundo ni en el otro), nos paseamos en las penumbras de cada piso y sección (urgencias, enfermería, dispensarios, consultorios, anfiteatros y un largo etcétera), seguidos a la distancia tan solo por la capitana de enfermeras y un pequeño cortejo de dos o tres camilleros, quienes ante el simple golpeteo de nuestro anillo contra la cama en cuestión, reciben la orden de trasladar al pobre ser elegido, a esta zona de la que somos guardianes únicos, para que vayan a bien morir o en extrañísimos casos, a sobrevivir por milagro de eso que no quiero cuestionar y que prefiero no entender.

Caronte es nuestro sobrenombre, porque como aquella figura de la mitología, elegimos entre la muchedumbre a aquellos que deberán cruzar el otro lado del río. No se sabe quien nos bautizó así, pero me parece la forma más adecuada de nombrarnos, aún y cuando fuera del hospital, podamos ser tus vecinos, amigos, compadres, e hijos.

Déjolos ya pues, que es mi turno de entrada, mi compañero de tiempo vespertino va de salida y aún necesito calzarme mi filipina obscura y mi tapabocas para no ser reconocido. Quizás entre sueños algún día me veas merodeando en silencio por ahí, y yo te guiñaré un ojo, esperando comprendas y puedo apostar mi vida y eso que convivo con la muerte todos los días que ningún Caronte sabe cómo es que estudiamos medicina para salvar vidas y terminamos absortos por las necesidades económicas y la burocracia, desempeñando esta labor proterva, que es tan necesaria e inevitable como la limitación de recursos y la muerte misma.

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La nueva Realidad Novelada de Narciso Guisote o la Confraternidad del Cafetín


Desde hace casi medio siglo, se reúnen una vez al mes en el más absoluto sigilo y con la más absoluta discreción. Sus figuras circunspectas y descuidadas, sus vestimentas más ordinarias que comunes, y nadie más que el ojo avezado en conjuraciones como el mío, el mismísimo
¿Ha escuchado Usted de la “Ley Televisa”? ¿De la honrosa confiscación mordaza de los opulentos proyankis de RCTV que hizo el valeroso Chávez? ¿Conocen sus razones? ¿Los fuertes intereses que ahí menean cual reata diestra de charros, los del argento que nunca pierden salvo que algo ganen a cambio? ¿Pues eso es guano de vampiro rabioso de Transilvania comparado con lo que mueve los hilos de este país y esta ciudad! ¡N-A-D-A similar a lo que le pienso revelar!... ¿Está Usted listo para comprender? ¿Para poner atención? ¿Para más allá de oír, escuchar la verdad?

Bien y entonces comprenda lo que yo sé a cuestas de la vida propia, guiado solamente por el ideal desinteresado de abrirles los ojos a los ciegos de la verdad: Tengan cuidado, que detrás de ese perfil inofensivo colmado de canas y pláticas discretas, no denotan el poder que en realidad detentan… Aquellos tres, son a quienes los servidores públicos y polóticos honrados temen, y los que nos tienen a su merced completa.

Sí, compañero, compañera de lucha, aquellos tres tienen el poder secreto, completo, de manipular a despabilada y siniestra según les mande el placer o el interés que conlleva el guiar el inocente destino de miles y millones que nada imaginan porque su vista no llega más abajo de sus nalgas que cuando se sientan a defecar… Dicho sea de otro modo: nadie lo creerá, pero usted y yo les debemos buena parte del día, risas o lágrimas, ataques de pánico, pérdidas millonarias o ganancias de centavo, gritos y golpizas y hasta la vida o la muerte de cualquier momento en cualquier lugar.

Son esos tres, a los que llamo la Confraternidad del Cafetín, los empleados del gobierno federal que planean y manejan el tráfico de la ciudad. Sí, amigo, amiga, no se sorprenda y mejor comprenda. El más alto de ellos, sentado en una triste y pálida oficina gubernamental, en el sótano de un antiguo edificio del centro, es el responsable del mapeo de la ciudad. Sin su consentimiento, una calle no existe, una salida no se conoce, no se publica jamás. Imagine pues un laberinto de ratas, ¿cómo imagina al que decide poner y quitar barreras?... Cada recoveco, cada calle con o sin salida, cada banqueta, cada cloaca y callejón de la obscuridad, dependen de él desde años atrás. Dícese por ahí, que tiene una ruta secreta para llegar a su casa en cinco minutos atravesando toda la ciudad? ¿No me lo cree Usted que tiene cara de incrédulo? ¿Aún tiene sus dudas?

Bien, pues el otro, el que verán más barrigón de todos cuando se atrevan a buscarlos, que a veces compra hasta dos o tres piezas de churros, es el que tiene en sus manos la autorización de la localización de las paradas de micros, peseros y autobuses y sus rutas; las pone delante de una curva que desemboque en avenida principal, en un tercer carril para que tengan que dar vuelta a la izquierda de inmediato invadiendo los otros carriles y sacando de curso a cualquier automovilista temerario, las pone en las calles donde hay solamente dos carriles, las pone justo antes de cualquier semáforo, o en el cuello de botella de las varias autopistas que entran a la ciudad; una parada de pesero unos metros delante de la parada de los microbuses, y éstas, a unos pasos de las de los camiones; unos se bloquean a otros, toman el siguiente carril, compiten por el pasaje, chocan, invaden trayectorias, detienen el tránsito… ¿O acaso tiene Usted otra explicación a que todo ello está tan diabólicamente sincronizado? ¿Verdad que no? ¿No es cierto que sus mentes comienzan a ver la chispa de la luz?...

Pero espere, no se vaya usted, falta el que forma la triada, déjeme explicarle, el triángulo perfecto… Es el de la barbilla partida y que no se distingue sino porque se cubre la calva con un tupé que se reconoce a metros de distancia luz del sol. Sí, aquel es el que diseña desde la comodidad de un escritorio de metal, el sentido que debe llevar cada calle de esta megalópolis. Tarea titánica que cambia a conveniencia, y de un día para otro sin aviso ninguno; encontrarán un buen día que la ruta de su diario devenir se ha visto forzada porque el sentido de la calle mutó. ¿No es cierto lo que les digo? No le importa el flujo, el desemboque, ni siquiera las calles conoce… pero eso sí, conoce a detalle el caos que provoca, los tiempos, las congestiones viales.

Son los tres, herederos de esa burocracias desquiciada que deciden que hacer con nuestras vidas, horas al día, y que una mañana maldita se dieron cuenta del poder que juntos poseen, y que caro han decido vender su amor. Miles de millones, eso es lo que trato de advertirles, amigos, compañeros, mexicanos. Falta poco tiempo; es una conspiración, llevan casi cincuenta años planeándolo. Son las piezas del rompecabezas que poco a poco acomodan, una estación de microbús aquí, otra de camiones allá, ésta calle que la borramos del mapa y la cerramos, aquella la hacemos privada, cámbiale el tráfico a esta avenida, haz esta otra de un solo sentido, y en este punto, aviéntale en contraflujo… Y un buen día llegará el momento en que vean su sueño hecho realidad: la ciudad colapsada, cual infarto masivo, ningún coche ni para delante ni para atrás. Y la gente desesperada, abandonará sus vehículos y pertenencias, y caminará de vuelta a casa, no habrá comida ni agua embotellada, robos de tiendas y dispendios de cerveza, días y días pasarán; y entonces tendrán las autoridades locales que traer grúas y equipos e ingenieros extranjeros para ver cómo desenmarañarlo todo, usar visión satelital; localizar en qué punto, qué vehículos levantar al aire para poder comenzar a destrabarlo todo… ¡Escuchen, no se vayan! ¡No estoy loco! Días y días pasarán, y entonces, los medios de comunicación distraídos, el gobierno espurio aprovechará la sinrazón para levantarnos las enaguas y vender PEMEX y la Comisión Federal de Electricidad… Esperen, esperen, no se vayan, les juro que es verdad, lo hemos analizado gente sapientísima en la asamblea de barrios con ayuda de unos analistas Cubanos… Esperen, esperen, ¿quién se une a la lucha, quien ayuda a evangelizar esta verdad del pueblo? No estoy loco, no se vayan, les juro, les doy mi palabra de hombre enhiesto y de buenas costumbres, de que todo lo dicho es verdad…

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  • Para más humor, lea también: La larga Realidad Novelada de Narciso Guisote y la fundación del Nuevo Gabinete de México


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    Cuento del día Internacional de la Mujer


    anotaRNSe llama Antonia, y eso es un punto negativo. Tiene 79 años y con eso ya van dos. A parte de ser mujer y anciana, es parte de una etnia, de una minoría; indígena de sangre y cultura, tres puntos. El cuarto punto negativo, para considerarla “endeble” ante la sociedad y autoridad, se lo otorga su lengua: el náhuatl; no comprende el español.

    Puntos simples como un punto, y llanos como números de uno en uno que sumados llegan apenas a cuatro, son los que la hacen producto de abusos y de discriminación. Entre tres o cuatro de estos caracteres inútiles,son los que la hacen diferente de ti y de mí.

    Se levantó temprano, al alba, como está acostumbrada. De su wilil o canasto, sacó una empanuchada: amasijo de pan relleno de piloncillo. Y de una jícara, sacó agua en su tazón de peltre y la calentó con leña, para prepararse un café soluble que guarda en un viejo bote de bordes oxidados. Fumó un cigarro de papel de arroz y tabaco negro, y se aliñó su atuendo: refajo de color negro con rayas rojas y una blusa de popalina bordada a mano, además de una faja de manta igual que sus calzones que ocupa para ajustar su vestimenta.

    De una astillada repisa que le colocó uno de sus nietos a manera de rústico altar, bajó uno de sus halsitnit, santo local figurilla de papel, al que besó para que cuidara a su pequeño rebaño constante de dos cabras y una vaca flaca de las barrancas, tigrillos, jabalíes y cañadas traicioneras.

    Quitoa in icuac in cacoya, quinextia miquiztli,


    cocoliztli; miquiztetzahuitl. In aquin oquicac


    azo ye miquiz; azo tlacihuiti; azo tlatlatzihuiti.

    Como en cualquier parte alta de la Sierra Veracruzana, hoy tampoco toca baño porque la semana ha estado muy fría de anticipado; se salpica con la mano, algo de agua en la cara, mucha neblina para los que se despiertan con la caída de la luna.

    Al salir de su casa, situada sobre un asentamiento del alto monte, lo primero que mira es la Iglesia de la Villa, asomándose entre la niebla, y al sentir un escalofrío se persigna. Vuelve por el machete, como si hubiera presentido algo, bien dicen por allá que “sirve pa’ limpiar la milpa o pa’ cobrar cualquier agravio”.


    Tomó ruta por la falda de la gran loma, ahí por donde los árboles acarician el cielo, con machete al cinto, pepitas para entretener los dientes viejos y una vara de árbol recio para pastorear y contener a su ganado, ganado del matrimonio de una de sus hijas y de trabajar duro al quedarse viuda hace ya tantos años.

    Cogió el camino de siempre, acompañada sola de sus pasos y sus animales, a saber: la Ernestina, la cabra más joven y terca, la Cata, cabra vieja buena productora de leche, y la Sidronia, vaca flaca a quien le hablaba seguido y con quien había bien congeniado. Se acordó que uno de sus hijos iría a visitarla desde la laguna de Chautengo, como a una hora de camino, donde viven de la pesca porque nunca les gustó el arado.

    A lo lejos escuchó un pesado motor batallando por vencer la serranía, por lo que se apresuró, con esa lenta habilidad que tienen los viejecillos que toda la vida han andado a guaraches, para quitar a sus animales del camino, pero la Ernestina siempre terca, no quiso moverse por olfatear una lata tirada por ahí. Y entonces la zurró con la vara, y la cabra lloró fuerte, extraño, como llanto de tecolote le pareció.



    El camión hizo parada, y cuando volteó Antonia, ya estaba rodeada por un grupúsculo de hombres, cuatro o cinco vestidos de uniforme, verde. Olían a aguardiente y hierba, tenían los ojos desorbitados. Y le gritaron. Ella que no habla español, comprende que cuando le gritan cosas que no entiende, lo mejor es huir. Intenta hacerlo pero uno le mete el pie y le provoca un tropiezo, a los 79 ya no es cualquier asunto, fractura de cadera y no puede levantarse. El dolor es inaudito, el miedo también.


    Quitoa in icuac in cacoya, quinextia miquiztli,


    cocoliztli; miquiztetzahuitl. In aquin oquicac


    azo ye miquiz; azo tlacihuiti; azo tlatlatzihuiti.



    (Decían que cuando era oído (el Tecolote), descubría la muerte,


    la enfermedad; era augurio de muerte. El que lo oyó


    quizá muera; quizá termine; quizá se canse).


    Se llama Antonia, tiene 79 años, es indígena y no habla español. Cuatro puntos, los que la hacen diferente y por los que la evalúan y explican los ministerios públicos y derechos humanos en una clínica pública vecina. Cadera fracturada, golpes contusos en el cuerpo, mordeduras que le arrancaron el pezón izquierdo, moretón que indica estuvo maniatada, desgarro vaginal, pupilas anisocoricas que reflejan daño en el sistema autónomo, perforación del intestino grueso por múltiple penetración; infección masiva de hígado y vísceras; septicemia. En domingo 8 de marzo, ya entrada la noche, murió.

    Este es el cuento del día Internacional de la Mujer. El día que sigue siendo Internacionalmente, tan sólo un cuento.



    Art. Relacionados:


    * 8 de marzo Mujeres promoviendo el cambio.


    * Día internacional de la mujer en Wikipedia


    * Confirma la PGJ de Veracruz…

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    Cuento del día de San Valentin II, o la Realidad Novelada de un hombre como cualquier otro






    Durero, Melancholia I
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    Es curioso cómo juega la mente, cómo divaga, cómo detona en recuerdos cuando se lo permitimos o las circunstancias nos obligan a compartir con nosotros mismos ante cualquier estímulo. Por ello es que no valdría la pena ahondar en cómo o porqué fue que él comenzó a recordar detalles de Melancolía I, el famoso grabado de Durero, mientras espera frente al juez del registro civil.


    El cuadro mágico de Júpiter, donde las sumas en línea y columna siempre dan el mismo número, captó su memoria por un momento, pues se ha dado cuenta de que hoy es día 16 y el mismo número lo compone, símbolo de la buena ventura que juega gran papel en el grabado. Además, pensó sonriente sin darse mucha cuenta de lo que sucedía a su alrededor, un detalle interesante es que el artista inscribió dos relojes de arena, quizás para eternizar que dos tiempos son los que suceden, el de la vida, el colectivo de nadie en particular sino de todos, del mundo, de una era o cualquiera, y el otro, el tuyo y el mío, el de la vida vivida y vivencias, esas experiencias que nos dejan marcados por siempre y que hacen que la savia se separe del resto del cuerpo, que se insertan en la memoria particular, que nos sirve para medir y pesar la propia; a pesar de uno está en todo y el todo está en uno…


    Sin no mal recuerda, la clepsidra está a la mitad de su recorrido, significando la madurez, la plenitud, igual que la que siente hoy día, siempre en Durero la dualidad, siempre en complemento con ese otro ser, que ahora desposará ante la ley y sus seres queridos, los más cercanos, familia y amigos que los han acompañado durante tantos años.


    Se conocieron en la universidad, él estaba estudiando la carrera de administración de empresas y un buen día que fue aburrido a matar una hora entre clases a la cafetería, se encontró con sus ojos y sintió ese destello, nerviosismo y mariposas estomacales, esa química que sólo conocen los que alguna vez han encontrado al alma gemela, y que aunque parezca ridículo a partir de ese momento su vida no volvió a ser la misma.


    Es difícil para un hombre aceptarlo, pero nunca más se volvió a sentir sólo, un bicho raro fuera de lugar, sin compañía; nunca más se volvió a sentirse incómodo en alguna reunión, ni quiso volver a invitar a salir a nadie, comprendió por primera vez lo que es compartirlo todo, incluyendo sueños y miedos, esperanzas, gozos y desconfianzas. Aprendió lo que es dormir abrazado de alguien, sentirse tranquilo cuando después de un largo día de trabajo, se acuesta uno en una cama que se siente “bien”, que se siente llena, satisfecha.


    Primero fueron encuentros furtivos, el primer beso, no saber que pasará pues la relación no gustaba a sus padres, pero el amor terminó imponiéndose y al pasar de los meses, rentaron un departamento y se fueron a vivir juntos, y entonces se enamoró también de sus defectos; esos que no conoce nadie más y que son la esencia del amor compartido, propios y ajenos, como que le gusta comprar cuanto tupperware divisa en el super, que duerme en diagonal y con los ojos abiertos, y se acurruca rozando los pies uno contra el otro, llora con las películas dóciles, le jala las cobijas, disfruta de lavar ropa y cuando se aburre, de la pastelería, cuida de más a su familia, le habla a sus perros como si fueran humanos, se endroga en navidad, hace berrinches cuando no sabe que ropa ponerse, y no le gusta leer historias tristes.


    Todo eso es material de realidad novelada de cuento real de San Valentín, compartirlo todo, antojos, desvelos, enojos, una apendicitis, ahorrar por años para poder viajar, besarse con cariño, buscar después una casa, caricias eróticas, cambiar de trabajo, que ría cuando en privado le da nalgadas, organizar cenas con amigos, soportarse el mal genio, solitario o compartido, igual que el llanto y disfrutar observar como se desnuda la pareja como si nadie ahí estuviera, ir al cine, leer poesía, planear el futuro, reír a carcajadas bajo las sábanas, fumarse, conocerse, explorarse, reconocerse una y otra vez en un émbolo perfecto…


    Mientras todo esto reflexiona, no se ha dado cuenta de que ese ser amado, con quien ha aprendido lo que significa V-I-V-I-R, con quien nunca se ha sentido rechazado, ha llegado ya hasta su lado y que pronto comenzará la ceremonia. Es curioso que después de vivir juntos por años, hayamos decidido dar este gran paso, pensó. Sabe por cierto, que su relación no se basa en ningún papel, pero para él aún así es importante. Y porqué no, también es una etapa en la vida, tan importante, que todo mundo debiera disfrutarla. Además, quiere tener la certeza de que no le pasará nada si él falta, que su vida mantendrá su nivel económico, que heredará la casa, en fin, todo eso que compra y deja cierta seguridad para el ser más amado del mundo. Está nervioso como todo el que se casa, pero cuando toma su mano, se tranquiliza, se siente orgulloso, sabe que embonan bien, tal y como sus labios lo hacen cada vez que se besan, todo estará bien, y entonces se miran a los ojos, una mirada directa, abierta, de ese tipo de amor claro, profundo, sincero y correspondido que muy poca gente tiene la fortuna de conocer…


    - Te amo, Joaquín – escucha que le dicen en un tono suave, firme, seguro.


    - Y yo a ti también te amo, Gabriel- responde.


    Esta es pues, la REALIDAD NOVELADA de un hombre como cualquier otro, que decide unirse a su pareja como cualquier otra; de un cuento real de San Valentín.


    Si sentiste un escalofrío, si experimentaste cierta repulsión, si te quedaste anonadado, si no te gustó, es porque te sentiste identificado con la capacidad de sentir y de amar que tiene todo ser humano, sin importar sus preferencias sexuales. Y que sirva este cuento para que no te olvides nunca, que la comunidad gay está compuesta de seres humanos como tu y como yo, y por ende, se merecen el mismo respeto y derechos legales que cualquier otro. No discrimines, no seas intolerante. Feliz día del amor y la amistad.







    respeta-RN

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