Archivo de October, 2005

Realidad Novelada de un Enfermo Terminal

Su nombre, es muy parecido al tuyo. Tiene casi cuarenta años. Con muchos esfuerzos y trabajo, se ha convertido en un ser exitoso, principalmente gracias a que ha sabido tomar las decisiones adecuadas en las encrucijadas que le ha tendido la vida. Con muchos y buenos negocios, comenzó desde abajo y por ello, lo material no le ha dominado jamás, pero es consciente de que le ha otorgado seguridad. De hecho, para sí lo más importante es que tiene una linda familia. Cuatro niños pequeños. Tres, son niñas. La mayor, rozando la pubertad…

Últimamente ha estado algo taciturno y poco conversador. Al parecer, puede ser síntoma de la enfermedad… Todo comenzó hace poco más de un mes, cuando un buen día de domingo, no pudo más mover la pierna derecha. Detalles más, detalles menos, visitas a varios médicos y hospitales, que si era la ciática, estudios de sangre, tal vez sea la cadera y fémur, pero no, electromiografías, tomografías, una resonancia magnética y el diagnóstico compuesto por un acrónimo de tres letras que le cambió la vida para siempre. Y nunca será igual. ¿Qué importa su nombre cruento? Se le relaciona con un beisbolista y para decirlo más simple, se trata del endurecimiento lateral de la médula espinal que afecta el movimiento de los músculos voluntarios. A medida en que se pierden las neuronas motoras, los músculos se debilitan y después, dejan de funcionar del todo. Eventualmente, llegará el tiempo en que él – al igual que el brillante físico británico Stephen Hawking – se paralizará por completo. No se sabe cuando, pero se conocen muy bien las etapas de avanzada del padecimiento, y por ello le estiman que suceda en menos de 5 años.

Mientras le ofrecen algo de beber, piensa en el paso que está por dar. En un principio, trató de mantener una actitud positiva al respecto, hasta que después de mucho estudiarlo, se ha dado cuenta de que padece una enfermedad inusual, crónica, rápidamente degenerativa e incurable; mortal. Hay quienes intentan pelearlo hasta el final, pero él, ha preferido afrontarlo paso a paso, día a día, con dignidad.

Ya viajó a una clínica especialista en los Estados Unidos para elegir el mejor tratamiento. Visitó muchas otras de rehabilitación física. Consiguió un permiso para estacionarse en lugares de personas con capacidades distintas. Compró un brazalete que alerta de su condición, contactó a la Compañía de Seguros de gastos Médicos y alistó y ordenó el expediente clínico de toda su vida y donó una copia a sociedades privadas de investigación. Ha comenzado a compartir su experiencia con otros, en foros de ayuda, y hasta en chats por la Internet. Carga consigo siempre, una lista de las medicinas que está tomando. Ya consultó neurólogos, cardiólogos, internistas, fisiatras, nutriólogos, patólogos y lingüistas, neumólogos, curas y religiosos, psicólogos, terapistas, y de todo un mucho y nada de poco para ayudarle a afrontar el hecho de que pronto, sufrirá pérdida progresiva de su funcionalidad. Sabe bien lo que le espera, por eso, quiere poner en orden su testamento y sobretodo, se haga valer su última voluntad: la eutanasia.

Si los demás consideran que se irá al infierno, piensa, deberían meterse un cuete por el culo y vivir un día en sus zapatos. Deberían sufrir el temor a la indignidad de cagarse sin quererlo ni sentirlo. Deberían conocer el infierno que él esta viviendo sin haber hecho nada malo en vida. Deberían sufrir el primer síntoma grave de la fatiga. No como cuando uno tuvo un día muy largo y mal dormido. Una fatiga profunda, real y permanente, provocada por la mala función metabólica, el debilitamiento muscular y la mala respiración. Deberían saber lo que es mover una pierna que le representará lo mismo que cargar un costal de 15 kilogramos. Deberían saber lo que es no poder dormir porque sentirán que se ahogan poco a poco. Emociones incontrolables. Ira y lágrimas y risa deberían sentirlas llegar e irse por igual. Incomprensión de los demás. ¿Qué dirían si de pronto se afectara la forma en que piensan, en que perciben y procesan? ¿Qué dirían del infierno del déficit verbal, de no poder ni sacar una simple suma matemática? ¿Eso es vida?... Deberían vivir la apatía absoluta, la desinhibición y los comportamientos socialmente inapropiados e incontrolables que experimentará dentro de poco. Sí, esa hiperactividad nerviosa de saber que la vida se acaba sin poder moverse, esa incomodidad, la hinchazón indómita de piernas y manos, y los calambres continuos y largos, la enorme dificultad al caminar. Tropezar con todo, no poder avanzar. Con las manos tampoco poder sostenerse y aferrarse. ¿Sabrán que es posible que en pocos meses ya no podré apretar la mano de mi hijo? ¡Que se vayan al infierno ellos! Deberían saber que en poco tiempo, comenzarán a babear sin control. Los médicos tratarían de inhibirles la salivación. Los músculos intercostales y el diafragma les fallarían también. Tendrían que sacar las flemas de forma asistida y recostados en una plataforma, boca a bajo. Si piensan que me iré al infierno, que se vean a si mismos tosiendo sin control, con la quijada entumida, perdiendo la capacidad de habla, sin poder tragar y ahogándose con su propia saliva, que permanezcan acostados por un año, o dos, o tres, sin poder moverse ni cambiar de posición por voluntad propia y sin ayuda, que están entubados para alimentarlos, remedios y píldoras experimentales, pérdida de peso, pañales e inyecciones que más bien parecerán sacarles un poco de vida en cada jeringa…

Él solo anhela que le dejen decidir. Y quiere ser egoísta y vivir con dignidad. Cuando la misma se pierda, de acuerdo con sus precisas instrucciones, desea que se cumpla su voluntad de no continuar viviendo. Por eso, exige que el Estado Mexicano lo trate como lo que es: un adulto, consciente y libre y con capacidad de decisión. Le repudia que legalmente lo traten como un niño imberbe. No está de acuerdo en que se provoque la muerte de alguien que no lo haya querido o que nunca previó la situación, pero quiere que se respete su voluntad cuando ésta, ha quedado por escrito. Así, que cada quién con su Dios, con su conciencia, su mente, vida y muerte, decida lo que prefiera, y que otros, no impongan sus decisiones sobre nadie… A ver, tu señor obispo o abogado de la nación que ya tienes formado tu juicio, si el Cristo, con todo su poder, independientemente de la razón o causa que quisiera demostrar, DECIDIÓ morir en la cruz, ¿porqué a mí no me permiten decidir lo mismo?...

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Realidad Novelada de la Madre de un Pre-Candidato

La tarde ha comenzado a perder sus trazos claros. El clima ha estado algo disparatado. Pero eso sí, el calor ha sido el factor molesto y persistente. Y hoy es el día más amargo de toda su vida, así que todas sus sensaciones y molestias, se sienten mayores y reproducidas. Le duelen más las piernas y la rodilla. Le molestan más que nunca las articulaciones. Es el día más doloroso; el más vergonzoso. El más terrible de todos.

Ahora tendrá que enfrentarlos. Ya imagina la pesadilla. Cientos de periodistas que querrán conocer su punto de vista. “¿Ahora sí importará mi opinión?”, se pregunta irónicamente. Ahora escribirán de ella bastante, porque ella se lo ha buscado. Lo sabe, desde el momento en que dejó de ser figura privada. Otra cosa – dice en voz baja- hubiera sucedido si al menos me hubieran hecho caso a tiempo…

Frente al espejo, decide también que es necesario hacerse todo el maquillaje de nuevo. No es bueno que se den cuenta que ha llorado, que ha hecho el berrinche más fuerte de toda su vida. “Más vale demostrar fuerza y entereza”, se dice mientras de alguna forma, como animal herido, se comienza a sentir con nuevos bríos de lucha. “Ahora sabrán a lo que sabe una mentada de madre de una señora de sociedad de San Ángel”, piensa mientras mira cuidadosamente el reflejo de su rostro. Arrugas nuevas, la piel un poco más seca. Se siente vieja.

– Y demandaré a cuanto me colme la paciencia- le dice a su esposo que se asoma por el ventanal y observa los techos de algunas propiedades aledañas. – Yo no soy como mi hijo, que dobló las manitas ante varios columnistas, pues a pesar de que inició averiguaciones previas, luego, asumió que el costo político sería demasiado… Vaya, para lo que le sirvió todo el tingladito. Mejor hubiera sido para nuestra patria haberlos perseguido y encarcelado. Por lo menos, ahora México se quedaría sin el sabio mando de nuestra familia, pero habría menos vociferantes, rebeldes y parias en los diarios.

¡Cómo le dieron ganas de gritar que ya nos cargó la chingada cuando de su marido no recibió respuesta que la apoyara en sus comentarios de orgullo dolido!, ¡si tan sólo le hubieran hecho más caso los asesores, funcionarios, economistas, amigos y espías, mercadólogos, politólogos, voluntarios, equipos técnicos, encuestadores, estadísticos y actuarios y demás dizque profesionales que no hicieron bien su trabajo! ¡Ahora las cosas serían de otra forma!... Si tan sólo su hijo no se hubiera rasurado y cambiado de imagen… Si tan sólo hubiera hecho sus discursos más críticos y atrevidos. Si tan sólo se hubiera vuelto menos acartonado, la voz menos aburrida y estirada, vestir menos como banquero y más como hombre de trabajo, con un gesto valiente, más audaz… Si tan sólo… hubiera…

En ese momento, el teléfono ha comenzado a repicar. Los están buscando porque su hijo ha decidido hacer pública la derrota y apoyar al contrincante. Pero de verdad no tiene ganas de ver a nadie, y mucho menos a él. No en este momento. Ella sabe que los números no son muy claros, y le molesta que su hijo pierda el valor y el coraje. Mujer – le dice el que no quería responder a sus acaloradas provocativas- nuestro hijo necesita de nosotros.

Ella fija sus ojos en él, con firmeza. Yo más que nadie de sus colaboradores, preferiría que compitiera hasta el final, y que denunciara las trampas de las que hemos sido objeto, de la deslealtad, de las injurias y perjurios, de la desigualdad de la competencia…- la mirada se le suaviza un poco, aunque no logra ocultar su decepción y asco – pero así lo ha preferido él, y sí que debemos respetar su voluntad… De verdad, sólo Dios sabe cuánto – dice nuevamente en voz baja, ocultando su desesperación. En este momento, quisiera que su marido fuera menos ecuánime, menos objetivo, mucho más visceral. Ella desea gritar, quiere quejarse, quiere sentirse acompañada en su dolor, pues para ella, nada ha quedado más claro: a partir de este momento, el retrazo del país será inminente. Siempre se ha dicho así misma, que el pueblo de México tiene el gobierno que se merece. ¡Y me acaban de demostrar que se merecen al Peje o a Madrazo o a Felipe! Me demostraron que se merecen vivir jodidos siempre… Y eso que mi hijo les demostró cómo podía ser su gobierno por cinco años. Pero la regó diciendo en la revista Quien que aunque lo vieran catrín, era güerito de rancho o algo por el estilo… Yo le dije- argumentó en voz alta, como si de ello hubiera dependido todo el transcurso y resultado – que se concentrara más en el importante papel que tu ancestro jugó en Relaciones Exteriores antes de Madero el majadero, que mejor dirigiera la entrevista hacia su noble cuna, sobre la importancia de la aristocracia… pero como todos los mexicanitos incultos no reconocen que Porfirio Díaz fue el mejor Presidente que hemos tenido, no me hizo caso del todo, dizque para que no afectara su imagen… ¿O sí? – reclamó como de costumbre, sin obtener respuesta. – Soy de rancho… ¡bah!- masculló enojada.

Mientras se cambia de zapatos por unos mucho más elegantes e incómodos, piensa en las respuestas que les dará a sus amigas: Si, Blanche, México se pierde de un futuro Presidente de buena familia, que siempre podía estar bien vestido, con la mirada cordial, el hablar elegante, el andar erecto y digno. Un hombre que es enérgico con la mano cuando quiere que algo suceda casi por milagro. ¿Lo imaginas? ¿A poco no sería sensacional? Nada de negociaciones con campesinos y muertos de hambre. Nada de desmanes. Nada de diálogo que sólo fortalece a los rateros del PRI y a los retrógradas del PRD. ¿Lo de mi hija y el dinero que dicen se robó de CONACULTA? Margarita, en primera eso no sirve para promover la verdadera cultura. Del dinero, nada, amiga, tu nos conoces, invenciones de sus enemigos y comidilla ¿Lo imaginas? Si hubiera tenido todo el poder que dicen, nada de ceder para el aeropuerto, ni para la reforma del Estado, la reforma energética y de comunicaciones. Todo se hubiera podido imponer como en épocas mejores. Nada de negociaciones con nadie que no lo merezca por ni siquiera saber escribir bien mi segundo nombre… Hienas malditas.

– Mujer – le dice su esposo mientras abre la puerta – me adelantaré. Sólo te pido, que nada de escenas… – agrega lo más cariñoso que puede. – ¿Nada de escenas? – cuestiona herida – Si esto no es culpa nuestra – se defiende. ¡Esto es culpa de Felipe, y del chaparrito bigotón de Acción Nacional, y del Secretario Abascal de Gobernación, pero más que todo, es culpa del Presidente, porque Vicente es quien ha permitido que esto pasara, así que mejor sería armarle un escándalo! – agregó atónita. ¡No podía creer que su marido le hiciera aquella advertencia! ¡Fue ese ranchero majadero el que dejó de cobijar a mi hijo! Fue él, el que comenzó a negociar con los rastreros. Dejó que saliera al aire lo de los permisos para tantos casinos ¡No obligó al juego limpio! – El hombre que tantos años ha pasado con ella, sabe en el fondo que su mujer necesita explotar ahora para poder controlarse luego en público, así que con la puerta abierta, deja que el fulgor de ella transcurra sin interrupciones… – Pero a él, más que a nadie, le afectará esta derrota, pues no habrá quien defienda más a su gobierno… No habrá quien de él bien hable y quien busque la continuidad de todo lo hecho. ¡Él pagará por acobardarse en el juicio de desafuero de Peje que tan bien había planeado mi hijo! – Lo sé, mujer- agregó el otro compasivo – allá te veo- le dijo.

“No, si todo lo que comienza mal, mal termina”, pensó sulfurada. “Y mi hijo comenzó todo esto mal desde el momento en que se separó de su mujer por haber embarazado a aquella actrizucha en una noche de tragos, demasiados halagos, y seducción anónima del poder desenfrenado”. ¡Mucho ego y poco seso!, repitió, como si pudiera decirlo nuevamente a la cara de su vástago.

Mientras busca su bolsa, porque una mujer decente no debe salir nunca sin su bolsa, se detiene un instante para respirar hondo y profundo y prepararse para el circo. – ¿Y ahora?- esa pregunta le llega de pronto, y su respuesta le hace tranquilizarse un poco. Ahora – dice para sí en digna voz alta – lo que sigue, si me hace caso de una buena vez, será salir silencioso, apoyar con la dignidad del vencido y se puede, a escondidas coquetear con otro partido. Si todo sale bien, eso le dará puntos para la negociación posterior, tal vez y hasta logre que le den la Secretaría de Relaciones Exteriores; volver a brillar entre la gente, periódicos y sociales, la familia como en la época de oro nuevamente, ¡qué bien nos vendría viajar mucho, tratar con diplomáticos y embajadores!- la sola idea la ha hecho sonreír. No cabe duda, que ya se siente mejor, que pensar las cosas a futuro, siempre la regresa a sus casillas.

Pero, ¿y si eso no funciona? – se pregunta en voz baja, justo antes de cerrar la puerta detrás de sí... Entonces, lo mejor que podría hacer, es retirarse de plano a la academia, y si se puede en otro país, cuánto mejor. Europa estaría a todo dar para una familia como la nuestra, para que nos visiten las amistades. Así, que nos extrañen cuando todo se salga de cauce. Y que nos busquen cuando estén listos. Que nos hagan honoraria carta y dignificada invitación a retomar los estribos de la nación… sí. Eso, si me hace caso. Porque yo se los dije. Aquel otro, jugó sucio, fue grosero, pegó bajo. ¡Ay, mi hijo y su padre son tan simplistas y crédulos!... No puedo creer que asuman que todo se debió a que el otro únicamente tuvo un mejor equipo de campaña que nosotros… ¡Si tan solo me hicieran caso!...

Notas Relacionadas:
Derrota divide a familia…
...pide a su equipo que respalde a Felipe
Artículo portada de la Revista Quién
“Aunque me vean catrín, soy de Rancho…”

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Por la conservación de la lengua castellana

Hace algo de tiempo, me encontré con esta campaña para el uso correcto del idioma en Argentina, por lo que inspirado en ella, he decidido adoptarla y adaptarla, pues independientemente de que todos podemos sufrir de alguna distracción o error de “dedo”, el mutilar y deformar las palabras a propósito, es una grosería que atenta contra la, ya de por sí, mermada riqueza de nuestro lenguaje.

Como dice la autora que inició esta campaña, “No usar acentos, si bien a veces es un dolor de cabeza, es lógicamente posible, ya que no entorpece la lectura. Pero usar la K en lugar de QU; la SH en lugar de la LL y la Y;[�]; la C en lugar de “Sé” o “Se”; TB para “También”; el número 2 para la terminación de los plurales; el número 100 para abreviar “Siempre”; la X en lugar de “Por”;[yo agrego un largo etcétera] sumado a alternar mayúsculas y no usar puntos ni comas, ME ROMPE INCONMENSURABLEMENTE LAS PELOTAS.”

Por ello, su servidor, en su afán o en su intento de contribuir con la conservación de la lengua castellana con todos sus acentos, signos de puntuación, y reglas de ortografía, desea comenzar la propia, de manera permanente, aunque sin limitarla a una sola región geográfica, si no al contrario, buscando hacerla extensiva a todos aquellos que utilizamos este bellísimo idioma.

Si deseas hacer lo propio y sumar esfuerzos, puedes copiar el código (se encuentra en el menú del lado derecho), en tu sitio o bitácora (o blog) y contribuir con tu granito de arena.

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Realidad Novelada de la Mata Viejitos

La ciudad se encuentra alterada, agresiva.

El ambiente de la urbe más grande del mundo está viciado; se presiente belicoso y pendenciero. El tránsito se ha tornado insoportable, la atmósfera se encuentra saturada de pequeños y molestos moscos, y las calles se encuentran obstruidas con desagüe y basura. A la distancia, como en toda gran urbe, los sonidos parecen acentuarse tras la tormenta: bocinas de automovilistas desquiciados, algún silbato de agentes viales, cuetes y fuegos artificiales, música de banda proveniente de algún oscuro taller de reparación automotriz. Todo huele a gran ciudad de asfalto con aceras invadidas por aceite quemado, manteca y grasa de taqueros ambulantes y a materia fecal. Hace ese tipo de calor bochornoso, pegajoso y nocturno, que solo surge después de llover por un par de horas donde la sobrepoblación arquitectural no permite mayor flujo de aire…

A ella, sin embargo, todos estos inconvenientes le importan un bledo. Ella no es un ente normal. Sale del edificio sonriente y amable, hecha toda una dama silenciosa y de apariencia plena. Aunque, sí, preferiría ya haber llegado a casa para ducharse, tomar un trago por cena y tumbarse en la cama a fumar. Pero ni hablar, aún le tomará su tiempo y “más vale que me lo tome con calma”, dice para sí mientras saluda a un policía con una coqueta sonrisa, antes de abordar un taxi en la esquina. El asunto de todo, está en sonreír y hacer sonrojar. “Los policías son verdaderamente ineptos”, piensa mientras su rostro es atravesado por una expresión de astuta frialdad femenina. ¡Se atarantan en cuanto una mujer les avienta el calzón!

– A la Morelos, por favor – le dice con voz baja al chofer, como si estuviera afónica. El conductor, a su vez, desde el espejo retrovisor observa su rostro masculino maquillado, seguido del uniforme de enfermera que porta, “futa, que vieja más fea” y decide, únicamente por admiración a quienes se dedican a velar la vida de otros, a correr el riesgo de llevarla a esa peligrosa zona, sobre todo por la hora que corre. – ¿Viene de cuidar algún enfermito?- le pregunta mientras tira de un cordón para cerrar la puerta de su vehículo. – Si – le responde ella, con aquella voz piadosa, cuasi muda y afeminada que ya tiene tan practicada. – A una viejecita- agrega como quien no quiere platicar más después de una larga y depresiva jornada. El taxista así lo interpreta y decide subir el volumen de la radio.

Ella se relaja y en el camino se dedica a recordar esos cuidados tan especiales que le otorgó, ese tratamiento tan compasivo, tan magnánimo: Atar la media con suavidad entre sus manos. Regocijarse con la sensación de la suave licra sobre sus puños. Le parece sensual. Contener la respiración. Solo escuchar sus latidos retumbar. Aproximarse con cautela, emocionarse a cada paso. Excitarse con la incertidumbre y la posibilidad de ser descubierto o de lograr el cometido.

El departamento hedía a viejo. La temperatura era cálida, el ambiente cerrado, la iluminación poca. Había formol y mucho polvo, los platos eran de pasta de colores, el mantel era de plástico. Los muebles estaban cubiertos con sábanas, pero se veían arañados por el afilar de las garras de sus gatos, que dormían indistintamente en la tina del baño, en la mesa de la cocina y en su sillón individual para mirar la televisión. Oh, sí, los ojos aterrados, la sensación de verse sorprendida. No sabe, no comprende, pero en ese punto ya adivinó su suerte. Pronto todo se zarandea. Un pequeño estira y afloja, contusiones leves, dolor en los dedos. Una leve caída de espaldas. Sus ojos se encuentran sinceros por primera vez. Los de ella, viejos y oxidados, tiernos y muertos. Los de ella asesina, ansiosos, vivos, con las pupilas dilatadas, exaltados. Sus nalgas tocan el frío suelo. Un último respiro. Su fuerza se extingue. Se le botan sus zapatos ortopédicos. Su pañal de adultos se llena de orina, por la pérdida de control de esfínteres. Sus manos quedan ya rígidas para siempre…

Y ahora en el camino de regreso, ella recuerda todo, vívidamente, con placer. El besar su boca aún tibia. El apretar sus senos caídos por los años. El respirar rápidamente. El abrazarla con fuerza. El llorar sobre su vientre, y pedirle perdón, y que lo comprenda, y abrazarla nuevamente, tocarle la frente en señal de despedida y mirar su cadáver compasivamente. Las mata para evitarles el sufrimiento, es lo que no comprenden. Las mata por clemencia. Porque alguna vez tuvo que cuidar a una madre vieja, que sufrió mucho y por mucho tiempo. Las mata porque comprende lo que duele la soledad todos los días, todas las tardes, todas las noches, todos los anhelos, todas las frustraciones que genera la vejez, que es en sí, una enfermedad que luego se complica con otras, con muchas otras y con más soledad, con falta de dignidad y derrames y diabetes y pulmonías. Las mata por misericordia, para que no tengan que sufrir sus últimos años, lastimosas, abandonadas por sus familiares que de ellas ya no se quieren ocupar…

Ella por eso se toma su tiempo. Es la enfermera más amable que han visto en sitios donde generalmente se las trata muy mal. Se gana su confianza en la clínica de salud, platica con ellas, “si mamacita, sé que es feo estar solita”, les surte sus recetas, “no se preocupe, viejecita linda, con esto se va a curar, a mi mamacita le caen muy bien estas pastillitas”, comparten experiencias, y tarjetas de imágenes de santos y sus plegarias “Dios quiera, que hace milagros con la familia”. Es un trabajo largo, pero las convence después de que necesitan ayuda en casa, alguien que les lave la ropa, que les haga de comer, que las acompañe, que les tome la presión, ¿quién desconfiara de una enfermera tan buena y amable que solo pide a cambio posada y una parte de los vales de ayuda que les otorga el gobierno del distrito federal? ¿Quién podría imaginar que el asesino de tanto viejecito es una luchadora disfrazada de mujer enfermera?... Antes de todo, se las lleva a merendar, “coma rico, mamacita”, que tomen café con leche y un dulce pan. Luego vienen esos cuidados tan especiales que les otorga, ese tratamiento tan compasivo, tan magnánimo… Y el proceso de salir, de abandonar la escena, de saberse satisfecha como quien ha cumplido con el más noble deber moral. Es una competencia de inteligencia. No dejar huellas, no ser descubierta, continuar haciéndolo cada vez mejor, no cumplir condena.

– Hemos llegado – le dice el chofer, distrayéndola de sus pensamientos. – Son veinte pesitos, damita. – El taxímetro dice que son setenta y ocho- replica suavemente. – Sí, damita, pero ya saqué mi costo y así contribuyo con la noble función de las enfermeras. – Cuando yo esté viejito, pue’que necesite de los servicios de alguien como uste’.

La luchadora vestida de enfermera, luego de agradecer el detalle con suavidad, abandona el vehículo, y mientras a pie comienza a internarse en la oscuridad, el taxista percibe de aquella extraña figura, una astuta mirada de reojo, una mirada fría, insolente, dolosa, que le hace estremecer….

“Tranquilo”, se dice el taxista en voz baja, quien atribuye entonces sus sospechas al cansancio de la marcha diaria, “me cai’... haciendo novelas de la realidad”.

Foto tomada del Universal Onlinefoto tomada del Universal Online

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